La última semana había sido una verdadera pesadilla para Elaiza. Todos los trece miembros de las espadas nocturnas fueron asesinados uno tras otro, e incluso su padre entre ellos. El reino comenzó a confiscar todos los bienes de su familia con la excusa de una supuesta indagatoria, hasta que finalmente fue echada de la mansión en la que vivía. Elaiza sentía en carne propia cómo el dinero y las personas comenzaban a alejarse de ella con cada día que pasaba. –¡¡Esto tiene que ser una broma!! –gritó furiosa en la posada. Su rostro estaba deformado con un frenesí de ira, y la copa en la que estaba bebiendo la lanzó contra la pared. –¡¿A dónde se fueron esos que tanto querían ganarse mi favor?! ¡Malditos hipócritas! ¿Qué hice para merecer todo esto?--fue su pregunta. En realidad, muchos de los nobles que antes la apoyaban a ella y a su familia ya la habían abandonado, y a este paso perdería el juicio en su contra. –No puedo dejar que esto termine así… Sin embargo, no todos los n...
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