La última semana había sido una verdadera pesadilla para Elaiza.
Todos los trece miembros de las espadas nocturnas fueron asesinados uno tras otro, e incluso su padre entre ellos. El reino comenzó a confiscar todos los bienes de su familia con la excusa de una supuesta indagatoria, hasta que finalmente fue echada de la mansión en la que vivía.
Elaiza sentía en carne propia cómo el dinero y las personas comenzaban a alejarse de ella con cada día que pasaba.
–¡¡Esto tiene que ser una broma!! –gritó furiosa en la posada. Su rostro estaba deformado con un frenesí de ira, y la copa en la que estaba bebiendo la lanzó contra la pared.
–¡¿A dónde se fueron esos que tanto querían ganarse mi favor?! ¡Malditos hipócritas!
¿Qué hice para merecer todo esto?--fue su pregunta. En realidad, muchos de los nobles que antes la apoyaban a ella y a su familia ya la habían abandonado, y a este paso perdería el juicio en su contra.
–No puedo dejar que esto termine así…
Sin embargo, no todos los nobles la habían abandonado todavía. Las familias de aquellos que pertenecían a las espadas nocturnas estaban unidas por un fuerte lazo.
Al igual que con su familia, las de ellos también sufrían por la ausencia de un líder y las investigaciones por parte del gobierno. Pero precisamente por eso es que ahora debían estar más unidos que nunca.
– Reuniré a los herederos de todas las familias de las espadas… ¡Esto no ha terminado, no dejaré que termine!
Todo está bien, no pasa nada–pensó Elaiza. Ella sabía las debilidades de los caballeros y los jueces que manejaban su caso. Si lograba reunir a los herederos de las familias aliadas y ejercer presión desde las sombras, la situación podría revertirse fácilmente. Elaiza creía en eso.
–¡¡Manda una solicitud de reunión a las familias de las trece espadas!! ¡Que todos se reúnan! –gritó Elaiza, llamando a sus subordinados que debían estar resguardando la habitación.
Sin embargo, nadie apareció ni respondió a su llamado.
–¡¿Dónde están?! ¡Los estoy llamando! –gritó Elaiza, saliendo de su habitación y abriendo con fuerza la puerta de la otra en la que debían estar sus guardias.
Pero, no había nadie. Un viento frío, casi helado entraba por la ventana abierta de par en par.
–¿Habrán ido al baño o algo~? Hmm, supongo que tendré que castigarlos luego. –dijo sonriendo con crueldad.
En ese mismo instante, escuchó un pequeño paso desde su espalda.
–Ay, dios. Si estás entonces responde. A dónde rayos te había i…
Elaiza se giró, pero de inmediato se quedó inmovil. Lo que tenía detrás era al payaso sangriento.
–A-Ah… Ja-Jack el… destri…pador…
Casi por instinto, ella retrocedió, pero el payaso la siguió de cerca.
–¡Heeh…! ¡N-No te acerques!
Elaiza tomó cualquier cosa que tuviese a la mano y se la lanzó al payaso, pero esto no lo detuvo. El payaso la arrinconó hasta una de las paredes de la habitación.
–Pe-Perdón, perdóname por todo… Por favor dime qué es lo que quieres de mí, querido~ –preguntó Elaiza, forzando una sonrisa y tratando desesperadamente de mediar en la situación.
–Vamos, no te quedes calladito. ¿Qué deseas? Te daré lo que quieras… –añadió, en un tono coqueto, casi tentador.
Luego, con su mano se bajó una de las mangas de su fino negligé y mostró un poco de su piel blanca.
Jack el destripador solo se la quedó viendo. Al ver esa reacción, Elaiza se bajó aún más su prenda.
–Eje, je…
Su mirada fue directo a su pecho, donde había un puñal incrustado.
–Ah…
Al instante, un baño de sangre salió de su piel blanca.
–¡¡Aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaah!! ¡¡No te lo perdonaré!!
Elaiza pateó el cuerpo de Jack el destripador con todas sus fuerzas y luego cayó al suelo, apretando con fuerza su herida.
–¡Eres un maldito… maldito desquiciado!
–Coff
Elaiza tosió sangre mientras no le quitaba la mirada de encima a Jack el destripador. Casi de inmediato, ella se quedó sin palabras.
–T-Tú eres… no… pero, ¿por qué…?
Jack el destripador se había quitado su máscara. Probablemente se le había caído al suelo cuando Elaiza la pateó.
–¡¿Por qué…?!
Jack el destripador resultó ser una estudiante que Elaiza conocía muy bien.
–¡¿Por qué, Christina?!
Era Christina Hope. Ella estaba mirando a Elaiza con una mirada de desprecio y total frialdad.
–Coff… No puedo creerlo… no puedo creer que tú seas… Jack el… destripador… –dijo Elaiza con asombro.
Su sangre seguía rodando por el suelo, extendiéndose hasta llegar a la máscara de payaso.
–Te equivocas. –respondió Christina, recogiendo la máscara.
–No parece que… me esté equivocando…
–Yo simplemente heredé esta máscara.
–¿La… heredaste?
–Sí. Lo hice cuando finalmente me di cuenta de por qué él siempre se aparecía frente a mí.
–Hah…
–Él quería mostrarme su decisión, su voluntad, ese camino lleno de sangre.
–Qué estás… diciendo~
–Este reino está podrido. La espada de la justicia no sirve de nada. Por eso lo que se necesita es maldad, una maldad más grande que la que se esconde en la oscuridad. Él me preguntó si estaba dispuesta y preparada para asumir ese rol. –dijo Christina, con una sonrisa desquiciada antes de volver a ponerse la máscara.
–Y eso fue lo que siempre había esperado.--añadió, tomando el puñal clavado en el pecho de Elaiza.
–E-Esper…
Aquellas fueron las últimas palabras de Elaiza.
Christina agarró con fuerza el puñal, le dio la vuelta y lo clavó hasta el fondo. Al instante, una gran cantidad de sangre salpicó por el aire.
–Coff… Aggh…
Observando el cuerpo de Elaiza mientras se ponía tieso y frío, Christina sacó una carta, para luego ponerla dentro de la herida abierta en el pecho de Elaiza.
–Mi nombre es Jack el destripador… Aquel que cortará la maldad con el filo del mal…
El dibujo de la carta, era un joker.
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